martes, 11 de mayo de 2010

HCP




La matemática no sirve para nada, y quizás allí radique su belleza más sublime. En su rigor y formalidad, en su independencia del mundo material, en su forma de despojar la verdad de adornos para mostrarla en estado puro, está la belleza extrema que se muestra al que tenga el tesón para buscarla. Nunca habría sido consciente de esto si no hubiera tenido la suerte de conocer a Don Hernán Cortés Pinto.

Don Hernán solía repetir lo que se contaba de Pythágoras, cuando un día, enseñando en su escuela, un hombre rico le preguntó para qué le servía tanta demostración. Pythágoras llamó a su esclavo, le hizo traer la bolsa de dinero y le dio unas monedas al hombre, para que sintiera que su visita a la escuela era útil. Don Hernán manifestaba el mismo pythagórico desdén hacia quienes se escudaban en que el resultado estaba bien, buscaban aplicaciones o querían llegar rápido a la resolución de problemas, como si éstos justificaran la matemática. Don Hernán era tan distante de ellos como lo sería Mozart de un reggaetonero. No veo en su actitud poco tino, falta de vocación o incapacidad didáctica, cosa que de seguro afirmarían los teóricos de hoy. En el rigor y la vehemencia de Don Hernán parecía haber, muchas veces, brusquedad, pero no era sino el apasionamiento propio de quién ha experimentado la sensación de plenitud con lo que enseña y desea compartirla con otros tal y cuál es – que si no, los está traicionando-. Era consciente que el camino del matemático está lleno de cantos de sirena, de charlatanes que descubren una y otra vez la importancia del aire en la respiración y quieren cubrir con sus discursos y estudios la propia falta de formación matemática, discutiendo si hacer problemas con tomates o con dulces, de trivializadores que despojan a la ciencia de su sentido más sublime, privilegiando los resultados por sobre el camino para llegar a ellos, ofreciendo entretención por sobre la contemplación de la belleza. Don Hernán sabía de ese placer espiritual que brinda la ciencia y buscaba compartirlo, consciente de que para ello necesitaba acrisolar a sus alumnos aun a riesgo de ser juzgado mal, consciente de que el acto de amor más puro de un maestro a sus alumnos no es acomodarles las cosas sino decirles la verdad. “Yo sé que esto es difícil y que ustedes tienen mucho que estudiar. Lo sé, pero no puedo mentirles, esto es lo que deben saber”.

Gracias a Don Hernán aprendí que la matemática requiere y desarrolla virtudes, que brotan al entregarse a su estudio. En la soledad de un escritorio, frente a las hojas rayadas de una demostración, el matemático sabe en su fuero interno si lo que ha hecho es correcto o no. La victoria en matemáticas sólo puede ser conseguida con armas limpias. Incluso aunque uno pudiera engañar a otros, jamás sentirá la satisfacción espiritual de quien demuestra correctamente lo que se propone, y será siempre descubierto. El amor por la verdad que desarrolla quien demuestra, la humildad del que debe reconocer cuando no puede y el esfuerzo del que persiste son frutos espirituales en un matemático, una suerte de purificación necesaria para la ruta. Cuánto de lo que soy humanamente se lo debo a Don Hernán.

Cuánto tengo que agradecerle, Don Hernán, cuánto le debo. Aunque la impronta que espero que haya dejado en mí me ha traído, como profesor, más fracasos que alegrías. Dentro de su lucidez me dijo un día “Usted va a ser profesor. ¡Va a sufrir, va a sufrir mucho! ¿Y sabe por qué? Porque Usted va a ser como yo”… Cuánto le agradezco, si así ha sido. Cuánto ha valido la pena, a pesar de todo. Cuánto quisiera que aun estuviera, con su delantal y sus tarjetas, con la tiza y maletín, con la claridad de siempre, mostrando a los innovadores que hay cosas que no pasan. Adiós Don Hernán. Hace tres años que se fue y no pude despedirme; al menos ahora hay una cosa menos que le debo.